19 dic. 2016

La Chipita y la gente linda

Hace poco más de un mes volvimos de EEUU con el Oski. Fue un viaje precioso, entretenido, estuvimos en la playa, en Disney, con amigos antiguos y generosos, con personas tristes y felices, compramos, comimos, vimos las elecciones con dolor de guata hasta las 3 de la mañana, anduvimos por carreteras desiertas planeando qué hacer si se nos aparecía una persona en la mitad de la noche en la mitad de la calle (atropellarla y huir era mi plan, yo creo que Óscar le quería clavar un cuchillo en el cerebro, pero nunca me enteré).
Yo cumplí mi sueño de ir a Whole Foods, él de manejar un Mustang. Nos quemamos poco, vitrineamos mucho. Nos hicimos reír mutuamente. Una de mis partes favoritas fue la de jugar a "Y ahora qué está haciendo la Chipi?". En el auto, todos los días, yo hacía la pregunta y Oscar respondía. "La Tufa se acaba de despertar, se está estirando y ahora va a seguir durmiendo", "Mmm, yo creo que Mario Yepes (uno de sus sobrenombres) está enojada porque vino José Gaturro (vecino non grato) a robarle su comida y ahora le hace ambuuuu-jjjjjjj", "La Pipa Estévez debe estar persiguiendo amigos imaginarios", "Yo creo que Luisa ha dormido todo el dia", "Mariana se está peinando para ir a carretear"... y así nos la pasábamos cagados de la risa todos los días imaginándonos en qué andaba la ridícula, con sus sobrenombres infinitos. Yo estaba tan feliz allá que en algún minuto me di cuenta de que la única alegría de volver estaba en poder tocarle su guatita suave. Quería volver para comprarle choritos. Hacer que me agarrara la mano con su manito nerviosa para que se pudiera comer el bendito chorito como si fuera la primera vez en meses que tomaba agua después de vivir en el desierto. Quería volver para instalarle una puertita en la logia para que pudiera entrar a la casa a cualquier hora cuando salía a carretear. Quería volver porque después de meses de adecuarse y aprender a conocerse, ella y Óscar finalmente se querían. Óscar la echaba de menos y llegaba ansioso a la casa a saludarla. Ella lo llamaba para comer y había aprendido a recibir cariño en la guatita gracias a él.
Y volvimos. Y no estaba.
La gente, linda siempre, decía que tuviera fe y paciencia, que iba a volver. Esperamos un día. Ella siempre salía, pero siempre volvía apenas yo la llamaba. Era raro. Pusimos carteles toda la tarde del domingo. El conserje del edificio de atrás nos dijo que la conocía perfecto, que siempre la veía tratando de cazar pajaritos. Nos reímos. "Las gatitas son un poco prostitutas, mijita, pero vuelven, no se preocupe" me dijo una vecina del mismo edificio. Nos fuimos más tranquilos. Esa noche lloré mucho menos.
En la mañana del lunes me despertó un llamado. Todos saben que duermo hasta tarde, era obvio que alguien se había aguachado a la Tufita Marina y me estaba llamando para avisarme. "Te llamo por el cartel. Y me da mucha pena decirte esto pero yo la vi el jueves, en una jardinera, le quise hacer cariño y me di cuenta de que estaba muertita. Tal vez la puedas encontrar todavía". Bajé medio dormida, medio en pijama, medio llorando. Revisé cada edificio, hablé con los niños que estacionan autos. Nadie sabía nada. La niña me escribió por whatsapp. "Hablé con mi pololo que se  acordaba del edificio, te mando la ubicación". Finalmente doy con el edificio. El conserje conversaba con un vecino y me hizo esperar mucho rato. Le dije que estaba buscando a una gatita, que me dijeron que la habían visto en este edificio muertita. Por lo menos voy a poder ver su guatita suave una última vez, enterrarla junto al Pío, al Melón, a la Chanchi y la Pipina.  "La boté a la basura, señorita".
Y fue mucho más gráfico que eso la verdad.
Y pasaron 3 semanas y yo no fui capaz de desarmar mi maleta. Creo que era una forma de negarme a aceptar que así había terminado ese viaje, y que mi Copuchita ya no estaba.
Todos me han llenado de cariño, amor y preocupación últimamente. Gente que tal vez nunca conoció a la Chipina más que por fotos. Gente que no me ha visto en años. Hasta gente que no me conoce en persona. Y estuve muy reacia a decir bien qué pasó porque era muy fome, pero quería que conocieran la historia para entender más mi pena; que para algunos parece tan irracional (qué pena lo es en todo caso) y para otros tan obvia; pero sobre todo para agradecerles a los que empatizan, justamente por esa empatía infinita, maravillosa y ese cariño que crea lazos con quienes usualmente no los tenemos. Gracias por los abrazos virtuales y amor real que nos demostraron al gatito y a mí. Y a los que me quieren regalar lápices para que le ponga más color, no tienen idea de lo que se pierden por no saber amar a un animal.
Y cada dia tengo mas claro que ningún animalito se merece terminar en la basura.
Gracias a todos 



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